Spinoza: la prudencia

de una razón apasionada

 

Enrique Carpintero

 

 

No nos esforzamos en nada, ni queremos, apetecemos o deseamos cosa alguna porque la juzguemos buena; sino que, por el contrario, juzgamos que una cosa es buena porque nos esforzamos hacia ella, la queremos, apetecemos y deseamos.

                   Baruch Spinoza

 

 

El afán por comprender la naturaleza humana de las pasiones estuvo presente desde la antigüedad. En La Ilíada, que es el texto fundador de la cultura griega, encontramos que se inicia con la palabra “menis”. Esta es la “ira” del héroe Aquiles, a partir de la cual se desarrolla toda la trama narrativa del poema. Sin embargo, durante largos períodos históricos, las pasiones fueron condenadas por dominar y distorsionar la “clara visión” del ser humano. Estas eran un factor que llevaba a la pérdida de la razón y al desorden de la locura. Razón y Pasión eran términos dicotómicos; el “hombre de bien” debía estar libre de “los demonios de las pasiones” a través de la disciplina y el autocontrol. En la Edad Media éste era el pensamiento que sostenía San Agustín. Por ello, todo orden social y político se justificaba por sí mismo ya que sus injusticias eran una retribución justa para los pecados del “Hombre Caído”. Es en el Renacimiento cuando comienza a cuestionarse este pensamiento teológico-político medieval, al destacarse la distancia que había entre esos modelos ideales religiosos y la realidad. En esta época Tomás Moro escribe Utopía, un texto cuyo título se va a convertir en uno de los objetivos de la modernidad. En él describe una sociedad perfecta, que no existe en ningún lugar, como una forma de contrastar con la corrupta realidad social existente. Por el contrario, Maquiavelo en El Príncipe establece una diferencia fundamental entre “la verdad efectiva de las cosas” y las “repúblicas y monarquías imaginarias que nunca han existido ni existirán”. Su objetivo era enseñar al príncipe cómo alcanzar, mantener y extender su poder. De esta manera, se convertirá en una obra fundamental para el pensamiento político, al plantear un modo de interpretar los problemas del poder y la política, mejorando el funcionamiento del Estado dentro del orden social existente.

En esta perspectiva, el pensamiento de Thomas Hobbes puede entenderse como una respuesta a los problemas planteados por Moro y Maquiavelo. En su texto Leviatán, inaugura otro gran tema de la modernidad: el ser humano queda libre de sus debilidades, al renunciar a sus derechos naturales en favor de una estructura coercitiva, legalizada por consenso, que pone freno por la fuerza al desorden de sus pasiones. Para Hobbes el “hombre es lobo del hombre”, por lo tanto el miedo es la única garantía para la paz y su seguridad. En el modelo absolutista hobbesiano, la sociedad política que transforma a los hombres en ciudadanos no cambia su naturaleza pasional, ya que puede estallar en cualquier momento al romperse el pacto de protección y obediencia. Es que para Hobbes no existe posibilidad de una transformación interna de las pasiones que permitan establecer vínculos de solidaridad por fuera de un Estado coercitivo basado en el miedo.

Debemos esperar varios siglos para que, con el inicio del capitalismo, surja la economía política que va a permitir diferenciar las pasiones de los intereses. La idea es que existe una oposición entre intereses y pasiones. Un filósofo como Hume alaba el capitalismo, porque activa las inclinaciones humanas más benignas y permite reprimir los componentes más destructivos de la naturaleza humana. De esta manera se dividen las pasiones en “frías”, es decir posibles de una racionalidad y compatibles con una estructura de orden al servicio de los intereses y, las pasiones “calientes” que son rebeldes a la razón y a la voluntad. La economía política se funda sobre la hipótesis de que los seres humanos en la búsqueda de su propio interés se pueden comportar de manera egoístamente racional, volviendo previsible su conducta. Sin embargo, esta suposición se transformará en una de las peores características del desarrollo capitalista.

En este sentido, los problemas que plantea la civilización a principios del siglo XX, lo llevará a Freud a retomar el modelo hobbesiano para superarlo. El postulado de Hobbes del homo homini lupus, lo transforma en una inclinación agresiva del sujeto como una disposición originaria producto de la pulsión de muerte. En ella, la cultura encuentra su obstáculo más poderoso. Pero Freud buscará una solución al plantear por un lado que el sujeto interioriza la agresión a través del superyó que, como “conciencia moral”, ejerce sobre el yo la agresión que de otro modo hubiera realizado sobre otros. Esta tensión entre el yo y el superyó es llamada “conciencia de culpa”. De esta manera ya no es necesario confiar en la intervención de una instancia represora externa.1

 

1)     La idea de que las pasiones son positivas la debemos ubicar en la modernidad. Si bien Kant insiste en considerarlas una “locura de la razón”, los economistas, filósofos y políticos, exaltan su función civilizadora. Se descubre lo inadecuado de entender a las pasiones como un simple enceguecimiento de la razón. Este pensamiento se lo debemos a Descartes y Spinoza. Pero mientras que el autor del Discurso del Método consideraba deseable llegar al gobierno de las pasiones; Spinoza se opone a separar la razón de la pasión, la mente del cuerpo, la voluntad del deseo, y el altruismo del amor propio. En definitiva, en su teoría la caute no puede estar exenta de una razón apasionada que denomina amor intelectual. Su objetivo es rechazar la “meditación de la muerte”, de la melancolía y del odio argumentando a favor de una “meditación de la vida”. Afirma: “Un hombre libre no piensa en cosa alguna menos que en la muerte, y su sabiduría es una meditación, no acerca de la muerte, sino de la vida.”2

 

2)     Como sostiene Remo Bodei “Spinoza combate en dos frentes. Por un lado contra los partidarios del absolutismo monárquico y de la razón de Estado: Hobbes, que lleva la convivencia entre los hombres bajo el signo de una razón que nace del miedo a la muerte (...) Por otro lado, polemiza contra los apóstoles de la esperanza terrena y los predicadores de la felicidad celeste, es decir, cuantos imaginan a los hombres diversos de lo que son, delinean sociedades utópicamente perfectas, donde razón y libertad reinan soberanas sobre las pasiones.”3

 

3)     En la teoría de las pasiones, Spinoza muestra diferencias con otros pensamientos antiguos y modernos. Su crítica en el campo de la filosofía incluye:

 

1°) El ideal platónico de separación entre alma racional e irracional que implica una condena del “alma concupiscible” y de la clase social más baja.

2°) El proyecto aristotélico de educación y persuasión de los afectos.

3°) El estoicismo que sostiene mantener la constancia de ánimo en épocas calamitosas mediante una severa y oportunista disciplina de las pasiones y

4°) El pensamiento de Pascal -desconocido por Spinoza- que continúa con la esperanza y el temor de Dios para combatir los efectos de la imaginación y el desorden de las pasiones.

 

4)     Para Spinoza, los afectos y las pasiones son formas de relacionarse el sujeto con sí mismo y con los otros. En ellas, trata de encontrar respuesta al origen de la superstición, la tristeza ética y las circunstancias que llevan al colectivo social a la obediencia política. En este sentido reconoce que las pasiones son un fenómeno de la naturaleza, tanto en sus aspectos negativos como positivos: “...las Afecciones del odio, de la cólera, de la envidia, etc., consideradas en sí mismas, se rigen de la misma necesidad y de la misma virtud de la Naturaleza como las demás cosas singulares; por tanto, reconocen ciertas causas, por medio de las cuales son claramente conocidas, y tienen ciertas propiedades tan dignas de conocimiento como las propiedades de otra cosa cualquiera cuya sola consideración nos proporciona placer...”4 Esta afirmación no lo conduce a plantear cómo suprimirlas o dominarlas sino, por el contrario, cómo comprenderlas para tomar mayor conciencia de ellas y utilizarlas en el desarrollo de la potencia de ser.

 

5)     Al realizar una lectura de la Etica podemos observar que se consideran 48 afectos, de los cuales sólo tres son fundamentales: el deseo, la tristeza y la alegría. En base a ellos se obtienen todos los demás. El deseo es el apetito consciente de sí mismo, “...la esencia misma del hombre, es decir, un esfuerzo por medio del cual trata el hombre de perseverar en su ser.”5 Pero este deseo puede tener aspectos distorsionados o destructivos que nacen de las pasiones tristes, que producen un pasaje a una menor perfección o, por el contrario, pueden permitir desarrollar la potencia por medio de las pasiones alegres que conducen a una mayor perfección. De esta manera, el sujeto al hacer consciente el deseo y las pasiones las transforma de fuerzas que producen pasividad y esclavitud en afectos esclarecidos por una razón apasionada. Pero esta compresión implica necesariamente una transformación de sí mismo, a través de un mayor perfeccionamiento, al someter el deseo a un proceso de conocimiento que tiene diferentes niveles: la imaginación, la razón y la intuición. Es decir, se conoce según órdenes que corresponden a una diferente potencia de existir. Spinoza no opone la realidad a lo imaginario, sino la realidad de lo imaginario a la realidad concebida por el conocimiento racional o por el intuitivo. Es así como los hombres están sujetos a fuerzas que escapan a su control (pasiones e ideas inadecuadas que corresponden a lo imaginario), pero esforzándose por comprender adecuadamente las causas, pueden disminuir la dependencia de sus afectos sin por Ello poder anularlos. Dicho de otra manera, la fuerza del deseo permite transformar las pasiones en energías que conducen a una mayor seguridad y alegría. Este tránsito de una menor a una mayor perfección no se logra por una fuerza divina ni de la voluntad. La potencia del deseo aumenta la lucidez, pasando de las ideas confusas de la imaginación, a las generales y abstractas de la razón y de éstas a la claridad de la intuición. Pero este pasaje no es lineal ni implica renunciar a las fases anteriores. Sin embargo, va a permitir la posibilidad de que el desorden de las pasiones no necesite ser sometido al control de una razón represiva y abstracta, sino que privadas del lado oscuro de la imaginación, permitan una mayor potencia tanto en el plano individual como colectivo.

 

Llegados a este punto vamos a definir algunas características de la pasión en Freud. La pasión es la realización del deseo inconsciente. El deseo es un fenómeno de la pasión y su finalidad, en este sentido la pasión es algo que el alma padece o sufre. Es algo que toma posesión del sujeto, en el sentido de “posesión demoníaca”. Por ello es algo que insiste en pura repetición de sí mismo. Por último, la pasión compromete al sujeto fundándolo y enajenándolo al mismo tiempo.6

 

6)     Mientras el pensamiento “tradicional” contrapone pasión y razón, el psicoanálisis muestra una mezcla entre estos dos aspectos del sujeto. La diferencia no consiste en la contraposición de las dos fuerzas en juego, o en su origen, sino en la especificidad de los cursos y las metas. Los procesos de razonamiento más elevados proceden del voyeurismo infantil, de la curiosidad de mirar la relación sexual de los padres. La imposibilidad de acceder a esta “escena primaria” impulsa el ansia de saber que recorre los caminos de la sublimación.

En este sentido podemos afirmar que el sujeto se constituye a partir del trabajo de la pasión que se manifiesta en repeticiones. Por ello a la vez que lo funda en tanto sujeto, lo enajena al dominarlo y dirigirlo. Freud llama a esta instancia “demoníaca”, que está en el sujeto a modo de un automatismo, “compulsión a la repetición”. Esta define la pulsión de muerte en contraposición con la pulsión de vida, la cual debe domeñar a la pulsión de muerte y ponerla al servicio de la vida.

La pasión es algo que el sujeto padece. De esta manera se puede decir que cada uno tiene su propia pasión. Lo que nos lleva al destino inexorable del ser humano: su finitud.

Freud ejemplifica lo anterior en un texto llamado El motivo de elección del cofre. En él encara directamente la problemática de la muerte a través del mito de las Moiras, las diosas de la muerte. Allí describe una escena de la obra de Shakespeare, El mercader de Venecia, donde la hermosa Porcia debe tomar por esposo a aquel que elija entre tres cofres el que encierra su retrato. Uno es de oro, otro es de plata y el tercero de plomo. Aquellos que eligen los dos primeros se equivocan. Bassanio, que debe elegir el tercero, gana así a la novia, aunque no sabe cómo justificar la elección del cofre de plomo. Freud, luego de hacer referencia a otras historias y mitos donde también se plantea elegir, ya no entre tres cofres sino entre tres mujeres -y cuya suerte siempre recae en la tercera-, establece que esta elección está hablando de un desplazamiento en las diosas de la muerte, constituidas por las tres hermanas del destino denominadas las Moiras, Parcas o Nornas, de las cuales la tercera se llama Atrophos, lo inexorable.

Freud llega a la siguiente conclusión: “La creación de las Moiras es el resultado de una intelección que advierte al ser humano que también él es parte de la naturaleza, y por eso está sometido a la inexorable ley de la muerte. Contra este sometimiento algo tenía que rebelarse en el hombre, quien sólo a disgusto extremo renuncia a su excepcionalidad. Sabemos que usa la actividad de la fantasía para satisfacer sus deseos insatisfechos por la realidad. Y su fantasía, pues se sublevó contra la intelección encarnada en el mito de las Moiras y creó el otro, de él derivado, en que la diosa de la muerte es sustituida por la diosa del amor y por tanto cuanto equivalga a ésta en plasmaciones humanas. La tercera de las hermanas ya no es la muerte; es la más hermosa, es la mejor, la más apetecible y amable de las mujeres.”

De este modo la elección ocupó el lugar de la necesidad. Así el ser humano ilusoriamente vence a la muerte: uno elige donde en la realidad debe obedecer a la compulsión, el destino. En este sentido no elige lo más temible sino a la más hermosa y deseable.

La condición pasional del ser humano nos habla de su finitud. Uno no es dueño de sus pasiones, dominarlas equivale a desaparecer como sujeto. Dejarse llevar por ellas a lo siniestro de la locura y la muerte. La única posibilidad es no ser libre de las pasiones sino ser libre en las pasiones.

En este sentido al preguntarnos ¿En qué se diferencia, desde el psicoanálisis, el deseo de la pasión? Podemos decir brevemente, que el deseo es la forma inmediata de manifestarse la pasión. Lo que se nos da en forma de pasión aparece en nosotros bajo el modo de deseo. Es decir, el sujeto deseante es el sujeto pasional, que no ha alcanzado su determinación plena.

 

La filosofía de Spinoza es una filosofía de la acción. La pasión es entendida como una deficiencia con relación a la acción y al conocimiento. La pasión, en tanto padecer, implica una barrera y una adecuación. Por ello, el esfuerzo ético consiste en transformar las pasiones tristes en pasiones alegres y éstas en acciones. Es decir, pasar a una mayor potencia que es a la vez un progreso en la escala del conocer. Mientras padecemos estamos sujetados al dominio de las pasiones y, por lo tanto, carecemos de autonomía y libertad. Como dice Gilles Deleuze: “Toda potencia es acto, activa, y en acto. La identidad de la potencia y del acto se explica porque la potencia no puede separarse de un poder de afección, y éste se encuentra constante y necesariamente satisfecho por las afecciones que lo realizan.”7 Es decir, la potencia es el poder de producir en acto.

 

7)     En esta perspectiva, hay dos pasiones que constituyen para Spinoza un valor importante por los problemas éticos, religiosos y políticos que intenta  resolver: la esperanza y el miedo. Se trata de dos afectos inestables e imprevisibles. Nos dice que: “La Esperanza es un gozo inconstante nacido de la idea de una cosa futura o pasada, de cuyo resultado dudamos de alguna manera.” En cambio, “El Temor es una tristeza inconstante nacida de la idea de una cosa futura o pasada de cuyo resultado dudamos de alguna manera.”8 Ambas afecciones están relacionadas, ya que no hay esperanza sin temor, ni temor sin esperanza. Mientras se está pendiente de la esperanza se teme que no se realice. Por el contrario, quien experimenta temor imagina algo que lo excluye de su existencia,9 su resultado es que lo conduce a la resignación y a la parálisis. Es decir, se transforma en una promesa de seguridad que da origen a su utilización  como instrumento de dominación política. Mientras duran, estos afectos dominan el cuerpo, la imaginación y la mente del sujeto llevándolo a la pasividad. En este camino de cuestionar la esperanza y el miedo, discute con el poder teológico-político, la razón de Estado y las utopías cuyas falsas ilusiones debilitan nuestra potencia de hacer.10 La aspiración de Spinoza es una vida en una organización social, cuyo sentimiento de seguridad la ubique más allá del miedo y la esperanza. No obstante esta posibilidad, que se constituye en un ideal ético, nunca podrá ser conculcada del todo. Por ello, puesto que “los hombres raramente viven bajo los dictados de la razón”, cuando no es posible garantizar la seguridad, estas afecciones son “más útiles que perjudiciales.”11, pero se transforman en un límite cuando aumenta la potencia del sujeto y del colectivo social.

 

8)     Para Spinoza, el sujeto ético-político que se guía por una razón apasionada no es un sujeto de obediencia, ya que no aliena sus derechos sino compone potencias. Por ello, el objetivo de la política no es el orden sino la libertad, que significa incrementar la potencia individual y colectiva a través de la orientación de las pasiones. Es decir, la pretensión spinoziana de una república libre no presupone ciudadanos de una obediencia pasiva, sino sujetos cuya potencia estaría dada por una razón apasionada, que los convierte en más autónomos y libres. En este sentido, las pasiones son la materia que utilizan los ciudadanos que encuentran una “pasión común”, para transformar la vita solitaria de los hombres en una multitudu.

 

9)     Brevemente podemos decir que los conceptos de plebs, vulgus, multitudu y populus tienen diferentes tratamientos en el desarrollo de la obra de Spinoza.12 Como dice E. Balivar interpretar a partir de estas nociones la política spinozista lleva a un campo abierto, problemático y contradictorio.13 Es Antonio Negri quien rescata el concepto de mutitudu como fuerza constitutiva del sujeto colectivo. Sin embargo, no coincidimos con su planteo de que la multitudu es el sujeto de una política transformadora, dejando de lado los sectores sociales que lo componen y los efectos negativos de la “masa” en el sujeto, que describe Freud en Psicología de las masas y análisis del yo.14

 

10)           Para Spinoza la multitudu es la fuerza de una política cuyo objetivo ético presupone una democracia plena basada en la libertad de la necesidad. Allí el colectivo es ontológicamente una realidad más “real” que quienes lo componen. Pero es necesario pensar que este objetivo ético debe dar cuenta de una “democracia-proceso”, donde los miedos y las esperanzas necesitan de una organización política que permita realizar el pasaje del sometimiento, al “hacer con los otros.” Esa política, en la actualidad del capitalismo mundializado, es expresión de aquellos sectores sociales que padecen la explotación y exclusión, potenciando la fuerza constitutiva del colectivo social (la multitudu).

 

11)            

12)           De esta manera, va a permitir que el contrato social instituido por el miedo se convierta  en una política que genere comunidad. Esta circunstancia alude a que el poder político no procede de una relación contractual, sino de la potencia del colectivo social. Así, en un Estado democrático pleno no habría a quien representar, pues es este colectivo social, en cuanto grupo organizado, quien evalúa sus intereses y los conduce. Por ello, la potencia de una democracia contempla la rebelión, cuando quien detenta el poder político lo hace en contra de la mayoría de los ciudadanos.15 De esta manera, en la filosofía de Spinoza la condición política está en la “potentia multitudes” que activa el derecho a la rebelión, tanto en el plano del sujeto, como en el colectivo.

13)           Por lo que venimos planteando es importante rescatar la actualidad  del pensamiento de Spinoza, ya que nos remite a un mundo donde el totalitarismo neoliberal capitalista se ha disfrazado de democracia. Su resultado es la catástrofe social que padecemos en nuestro país. A ella debemos oponerle la cautela de una razón apasionada, que encuentre su potencia en la fuerza del colectivo social.

 



1.     1Para un desarrollo de este tema ver el capítulo 14.

2.     2Spinoza, Baruch, Etica, edit. Aguilar, Buenos Aires, 1982. Parte cuarta. Proposición LXVII.

3.     3Bodei, Remo, Geometría de las pasiones. Miedo, esperanza, felicidad: filosofía y uso político, edit. F.C.E., México, 1997.

4.     4Etica, Idem. Tercera parte “Del origen y de la Naturaleza de las afecciones”. También en Spinoza, Baruch, Tratado político, edit. Universitaria, Chile 1990, Capítulo I, 1.

5.     5Etica, Idem. Parte cuarta. Proposición XVIII.

6.     6Para una relación entre el concepto de pasión y el trabajo clínico, ver Carpintero, Enrique, “El giro del psicoanálisis” en Topía en la clínica, año IV, Nº 5, marzo de 2001.

7.     Deleuze, Gilles, Spinoza: Filosofía Práctica, editorial Tusquet, Barcelona, 2001.

8.     Etica, Idem. Tercera Parte. Definición de las afecciones, XII y XIII.

9.     Etica, Idem. Definición de las afecciones. Explicación.

10.           Tratado político, Idem. Capítulo I, 2.

11.           Etica, Idem. Cuarta parte. Proposición LIV.

12.           Multitud (multitudo): Este término aparece en la Etica: in multitudine causarum, pero en un sentido numérico definido. La referencia constante a la Etica es al vulgus (‘vulgo’), pero, que designa a la muchedumbre y con un matiz despreciativo. En el Tratado Teológico Político se establece una conexión entre plebs, vulgus y multitudu, pero muy ambivalente. A primera vista, todos estos términos están reservados al aspecto destructor, antagonista y violento de la vida social, por oposición al aspecto constructivo del derecho natural que designa al populos como el conjunto de cives (ciudadanos). Después de 1672 (el año del asesinato de los De Witt), Spinoza intentará retomar todo el problema de ‘los fundamentos’ del Estado, de una manera a la vez más radical (al hacer de la multitud el concepto mismo de ‘pueblo al que es necesario gobernar’, y en el seno del cual son elegidos los gobernantes), y menos ‘salvaje’ (al desplazar el análisis desde procesos imaginarios hacia las instituciones jurídicas y la administrativo-estatista). Multitudu llegará a ser el concepto fundamental de la teoría política. En el Tratado Político asistimos a una verdadera explosión del concepto de ‘la masa’, que recubre ahora todos los aspectos del problema político, en el nivel ‘teórico’ del derecho natural y en el nivel ‘práctico’ de la regulación de cada régimen político. Por primera vez, el derecho natural está pensado explícitamente como potentia multitudinis (la potencia de la multitud), no en el sentido de una suma aritmética, sino en el de una combinación, o si se quiere, de una interacción de fuerzas. Las formas de estado son como modalidades de esta interacción, lo que permite a Spinoza, mientras conserva su distinción tradicional, superar el formalismo aritmético (poder de uno solo, de varios, de todos) y analizarlos según la progresión dialéctica de una cuestión fundamental: la del ‘poder absoluto’ (imperium absolutum). La conexión entre multitudu e imperium, entre modalidades de existencia de ‘la masa’ y modalidades de funcionamiento del ‘Estado’, es entonces, el resorte interno de toda la política, y al mismo tiempo es el hilo conductor de todo el razonamiento del Tratado político.” Nota 42, página 148 de Spinoza, Baruch, Tratado Político. Introducción, traducción, notas, index latinus translationis y bibliografía, Giannini, Humberto y Flisfisch, María Isabel, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1990.

13.           Tatian, Diego, La cautela salvaje. Pasiones y política en Spinoza, editorial Lautaro, página 169, nota 174.

14.           14 Para un análisis crítico del libro Imperio, Negri, Antonio y Hardt, Michel, se puede leer el debate “Imperialismo e imperio” en Topía revista, año XII, Nº 35, agosto/octubre de 2002. El mismo está compuesto por lo siguientes artículos: “Imperio y estado”, Veltmeyer, Henry y Petras, James; “Michel Hardt y Antonio Negri o el imperio contraataca”, Calello, Hugo; “Toni Negri o la disolución del pueblo en la multitud”, Dri, Rubén y “El Anti-imperialismo de los imperialistas”, Infranca, Antonino. Hay una versión de estos artículos en www.topia.com.ar

15.           El 19 y 20 de diciembre de 2001 aparece una consigna que, sin lugar a dudas, definirá esta época: “Que se vayan todos... que no quede ni uno solo”. La misma refleja la impotencia del conjunto de la clase dirigente de nuestro país para llevar adelante las condiciones  mínimas de funcionamiento de la sociedad. Es decir, es una consigna que señala claramente los responsables del poder político en sus diferentes versiones que van desde la derecha hasta la centroizquierda. La catástrofe social, económica y política, lo confirma. Es cierto que en su negatividad no expresa quiénes podrían solucionar la crisis. Pero es allí donde la propuesta adquiere dimensiones positivas, al enunciar una ausencia que se presentifica en las asambleas vecinales, las organizaciones piqueteras, las empresas comunitarias ocupadas y administradas por sus obreros, los grupos de resistencia cultural, etc. Sin embargo, algunos al leer esta consigna literalmente plantean su limitación. De esta manera dejan de lado su importancia como expresión simbólica de una sociedad que no cree más en sus representantes, que sólo se representan a ellos mismos. Es posible decir que esta consigna resignifica el vacío de un poder democrático en todas las instancias institucionales. Por ello remite a la necesidad de seguir generando comunidad, de seguir generando formas organizativas políticas de resistencia y lucha. No es poco. Tampoco es suficiente. Pero sería peor continuar creyendo en propuestas cuyo resultado fue el fracaso de las expectativas de cambio.

 

Enrique Carpintero

Psicoanalista

enrique.carpintero@topia.com.ar

 

El presente artículo forma parte del capítulo 12 de La alegría de lo Necesario. Las pasiones y el poder en Spinoza y Freud. Topía editorial, Buenos Aires 2007, 149 páginas. (segunda edición corregida y aumentada).

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