SEGUNDAS JORNADAS PROVINCIALES DE ACTUALIZACIÓN EN ADOLESCENCIA"SUBJETIVIDAD ADOLESCENTE, ESCENARIOS ACTUALES
DESAFÍOS Y PERSPECTIVAS EN EDUCACIÓN, JUSTICIA Y
SALUD"
GUALEGUAY – ENTRE RIOS
Claudio Barbará
Nacemos, por
decirlo así, en dos veces:
una para existir, y la otra, para vivir.
Jean-Jacques Rousseau, en Emilio.
Parece
que vivimos en una época en donde las esperanzas están dirigidas a la Ciencia;
a una Ciencia tal como se ha proyectado en la Modernidad: un proyecto racional
que, sin embargo, según hemos podido corroborar en el último siglo, no ha
llevado al hombre a ser más racional, más pensante, más bien nos queda la
sensación de que hoy se piensa poco. Es decir: hay un discurso social imperante
que al parecer sostiene cierto ideal en el cual pensar no es uno de sus
emblemas. Un estilo, podemos llamarlo así, que está a contrapelo de la decisión
de pensar. Claro está que no me estoy refiriendo a la cavilación obsesiva, que
es justamente lo contrario al pensar; sino a ese pensar que significa para el sujeto ir en la
dirección de la responsabilidad subjetiva de sus actos.
Permítanme
entonces que me detenga un minuto en felicitar a los Organizadores de este
Evento, y que haga extensiva esta felicitación a todos los que han concurrido,
a los que nos hemos reunido aquí hoy, pues aquí flota otro espíritu, un
espíritu que va en dirección contraria a ese discurso social imperante. Estamos en
condiciones de afirmar que hemos sido invitados a pensar, a pensar juntos sobre una temática muy particular, y
que está en estos tiempos en primera plana y no siempre lo está de la mejor
manera. Entonces felicitémonos por hacer una pausa en nuestras actividades para
detenernos a pensar, en reflexionar juntos.
Y
permítanme que agregue desde un inicio, que el Psicoanálisis es un práctica que
invita al sujeto a pensar;
que invita al sujeto a hacer una pausa en su vida cotidiana para pensar sobre lo que lo aqueja. Y esto dicho
así, ya es una precisión sobre el sentido de la clínica psicoanalítica: el
analista espera de quien viene a consultarlo pueda hacer el esfuerzo de dejar el mundo de todo los días,
sus exigencias y obligaciones, afuera una vez que se cierra la puerta del
consultorio, y se disponga de la mejor manera para hablar libremente, para
pensar sin esa cláusula inhibitoria de tener que saber antes
de haber pensado.
Desde ya esta indicación es válida no sólo para los sujetos adultos, sino que
también lo es, y tal vez con mayor énfasis, cuando se trata de sujetos que
están transitando esa etapa de la vida que llamamos adolescencia.
Me
parece, entonces, que la de hoy es una propuesta muy adecuada a los tiempos que
corren –y digo corren-
porque es innegable que corremos más de la cuenta, que estamos impelidos a
cierta prisa, y que
el sujeto sufre cierto corrimiento, es desplazado de la escena de la vida y
mortificado por cierta prisa
en cumplir ciertos objetivos, ciertos ideales, que no pocas veces lo dejan a
expensas de un estado de ansiedad, angustioso, que no puede controlar. Es
probable que en una ciudad como Gualeguay,
aquí en Entre Ríos, estemos más a salvo de los peores males de nuestra época;
sin duda los riesgos que el destino le depara a un adolescente en las Grandes
Metrópolis sean más acuciantes, se perciban como de una peligrosidad mayor.
Esto, en todo caso, dejemos anotado que, de hecho, existe una sensación pública
que parece inclinarse en esa dirección.
La psiquiatría moderna ha inventado un nombre nuevo para este fenómeno actual: Ataque de
Pánico. Ciertamente
no es nada nuevo; Freud conceptualizó en su momento, aquello en lo que hay que
poner la atención en ciertos fenómenos que se han vuelto corrientes en estos
días: Son las respuestas del Sujeto ante un estado angustioso, por momentos
intolerable. La pregunta que deberíamos hacernos, y en la que
deberíamos pensar, es la siguiente: ¿Por qué
el Sujeto responde con un ataque de pánico a las exigencias del Ideal de
nuestra época?
Los así llamados adolescentes no son ajenos a este ajetreo de la
modernidad, y no sólo están sometidos a la misma presión que los adultos, sino
que lo son con más razón, puesto que son convocados a integrarse a un mundo
cuyos horizontes son estrechos y son percibidos por la nueva generación como
amenazantes. Esto es: estrechos porque el
tiempo y el espacio se han achicado hasta convertirse en imperceptibles;
piénsese en las insignificantes medidas de tiempo en lo que tardan las
comunicaciones, la instantaneidad con que nos llegan las imágenes de los
lugares más remotos del planeta, y se tendrá una idea de la estrechez del mundo
en el que nos toca vivir. Amenazante,
pues hay una sensación de que no hay forma de salirse del control que se ejerce
sobre lo social, sobre el individuo, de tal manera que el ideal del panóptico se ha vuelto una realidad.
Esta
época en donde los cambios culturales son desarrollan a una extraordinaria
velocidad, de la mano casi siempre de los desarrollos tecnológicos que han
logrado cambiarle la cara a nuestro mundo; la familia, no es la excepción. Dejaré de
lado referirme a los detalles sobre los cambios ocurridos en la estructura de
la familia, desde su concepción en los albores de la Modernidad hasta nuestros
días. Mencionaré sólo algunos elementos que en esta ocasión son indispensables
para nuestro desarrollo.
Como señala Lacan: «Se ha debido
renunciar al intento de hacer derivar de relaciones biológicas los efectos
sociales de la institución familiar» (incluso un origen biológico de la misma).
Esto que ha sido un Ideal
en la ciencia de hace unos siglos, ha demostrado ser un camino infructuoso. La
Familia Humana es una Institución, que puede ser abordada, investigada, desde
distintas disciplinas, que darían cuenta, en forma convergente, de su
constitución histórica. Está sujeta a las condiciones culturales de cada época,
y a la misma ley que determina toda institución del Hombre.
El
desarrollo singular del ser humano ha demostrado ser capaz «de comportamientos
adaptativos de una variedad infinita» (Lacan), en contraste de lo que
encontramos en la Naturaleza: por cuanto los animales, sujetos a una herencia
biológica, están sometidos a patrones menos flexibles. Como dice J. Lacan, «el
análisis psicológico debe adaptarse a esta estructura compleja, y no tiene nada
que ver con reducir a la familia humana a un hecho biológico, ni a un elemento
teórico de la sociedad».
S.
Freud bautizó «Complejo de Edipo» a la estructura que se deriva de la
institución Familia. En otras palabras: el Complejo de Edipo, es esa estructura
por medio de la cual un sujeto singulariza su personalidad, siendo ésta la
función primordial de la Familia en cuanto a su herencia para la nueva
generación. El descubrimiento freudiano significa que cada sujeto se encuentra,
en relación a su Ser, «sometido a la regulación y a los accidentes de un drama
psíquico» (Lacan), en la cual desarrollan sus papeles privilegiados cada uno de
los personajes de este drama familiar. Señala Lacan: «Existe ahí un orden de
determinación positiva que explica una gran cantidad de anomalías de la
conducta humana; y al mismo tiempo, determina que en relación a estos
trastornos las referencias al orden orgánico sean caducas».
Hegel
ha afirmado que un sujeto que no logra separarse del grupo familiar y luchar
por ser reconocido fuera de este grupo en la sociedad, nunca alcanza su personalidad.
Y ésta que es la afirmación de un filósofo queda demostrado en la experiencia
clínica: quienes acuden a un psicoanalista lo hacen porque algo de esa
afirmación de sí en la vida está obstaculizada, sustituida, más precisamente,
por un síntoma. Se puede verificar que este síntoma tiene, en los neuróticos,
un dejo nostálgico. Una nostalgia que podríamos caracterizar como: la nostalgia
de la ilusión de ser en armonía con el Universo, nostalgia del paraíso perdido.
Cuando
un Sujeto (tal el adolescente) es tomado por esta insistente búsqueda, por esta
nostalgia perturbadora, podemos detectar esa lucha interior entre la alineación
o la separación del grupo familiar al cual ha estado sujeto, en primer lugar
por su indefensión de nacimiento, y luego por su dependencia psicológica.
«Búsqueda de ese paraíso perdido anterior al nacimiento y de la oscura
aspiración a la muerte», señala Lacan. Son estas pasiones indómitas,
ambivalentes, las que caracterizan la etapa adolescente.
Así, en la historia, podemos ubicar
el apogeo de una familia matriarcal, que dio paso a la familia patriarcal; y
que ha dado paso, más cerca en nuestros días, a la familia conyugal; y que está
dando paso, tal vez podamos hacer un registro de esto hoy aquí, a otros modos
de familia, como por ejemplo las denominadas familias ensambladas, pero que podemos aventurar no será la única
transformación de la familia y en un futuro cercano seremos testigos tal vez a
otras mutaciones. Más allá de estos avatares sociológicos, tenemos el
descubrimiento freudiano, que ha dado prueba de no estar ausente en ninguna
estructura familiar, y esto es la prohibición
materna. En
otras palabras, queda excluido el comercio sexual incestuoso, sea el lugar que
sea en el que cada grupo humano lo vea erigirse. De tal manera que,
en los restos arqueológicos de aquella, su eficiencia se transmite en las
subsiguientes. Es la lucha
que encarna cada sujeto, digámoslo así, por separarse de lo materno y ligar su
deseo a una ley.
La
prohibición de la madre
se extiende en sus efectos más allá del desarrollo del sujeto singular: se
extiende al patrimonio cultural (que no casualmente se denomina patrimonio en nuestras sociedades), a los ideales
sociales y al estatus jurídico. La primacía de la Ley de la prohibición de la madre está en la
génesis de toda Moral, incluso la compleja red de preceptos que hemos
construido en nuestras sociedades modernas. Así se observa cómo se afirman en
la sociedad las exigencias de la persona y la universalización de los ideales;
lo demuestra el progreso de las formas jurídicas (Lacan).
Por estas mismas razones, para
abordar la subjetividad adolescente en nuestros días, no es posible hacerlo si
antes no nos proponemos indagar las consecuencias de la crisis que afecta, como
hemos dicho, a la familia en tanto institución humana. Consecuencias que no
será sin efectos en la constitución subjetiva del individuo. Dato que no es
posible minimizar cuando se aborda la clínica del adolescente actual, cuando se
abordan las nuevas modalidades del síntoma que presentan las nuevas
generaciones ya que, no son aislables, de las tendencias hacia donde vira la
familia conyugal y las vicisitudes del matrimonio. Ya que la familia conyugal, como
describe Lacan, tiene al menos tres funciones en la formación del nuevo sujeto que
adviene al mundo:
Encarna
al Otro de la autoridad en una figura familiar, cercana, accesible, con quien
el adolescente puede medir sus fuerzas sin el riesgo que implica la
confrontación fuera del grupo de origen;
El
sujeto se constituye tanto al modo del adulto, como modelo al que se
identifica, como contra su autoridad, con la que rivaliza;
Constituye la constelación de
representaciones que determinan la vida sexual del sujeto, en el marco de la
moral de la pareja parental.
En
suma, como afirma Lacan, el Complejo de la familia conyugal le ofrece al sujeto el recinto en el
que le es posible confrontarse con los rigores más profundos de su destino,
para poner al alcance de su existencia individual el éxito sobre su servidumbre
original (indefensión de nacimiento y dependencia psicológica).
Este es el drama existencial al que se ve enfrentado todo sujeto, llamamos adolescencia a este transe, a este paso fundamental al que es esforzado cada
individuo. Freud pone en evidencia que el ser humano atraviesa en su desarrollo
su drama existencial en dos tiempos: dos oleadas, dice Freud, en su constitución como ser sexuado: la una
en la primera infancia (Complejo de Edipo), la segunda en la pubertad, en donde
el sujeto se verá en la encrucijada existencial de correr los riesgos más
íntimos hacia su autonomía personal.
Es
un momento de tensión: es la puesta a prueba de la propia constitución
subjetiva; pero es también la puesta a prueba de los estamentos más profundos y
escondidos de los adultos a cargo del adolescente. Las nuevas formas
del síntoma en los jóvenes dan cuenta de las dificultades que se presentan en
la actualidad en esta puesta a prueba.
La
desconfianza de la generación adulta sobre la nueva generación: las sospechas,
el temor, etc., es un tópico clásico de la literatura especializada. Se ha
visto en esta desconfianza en primer lugar la amenaza que representa la
rebelión adolescente, el cuestionamiento de los valores imperantes, la denuncia
de la impostura de la sociedad de los adultos. Pero, quiero señalar, hay otra
vertiente más oscura: la desconfianza como falta de Fe en la nueva
generación. Como si
se dijera: No es esto (la nueva generación) lo deseado. Se ha fracasado como generador de una
descendencia ideal.
Por lo que el joven nunca está lo suficientemente preparado, apto para la vida
autónoma. Es necesario que siga un tiempo más bajo las
polleras de mi madre,
como decía un paciente en sesión. Siendo que lo que está en juego es la
oscura incapacidad por parte del adulto de aceptar un destino que lo desalojará
del lugar que han ostentado hasta ese momento. El retraso al que es sometido el
sujeto adolescente,
la prolongación ostensible de la adolescencia, oculta la detención que los adultos operan sobre la
nueva generación en su deseo de perpetuarse como protagonistas únicos de un
destino eternizado. Me estoy refiriendo a un mal propio de nuestra época que se
difunde en forma cotidiana en los medios masivos, por ejemplo el modelo de adolenciación –permítanme este neologismo-, de los
personajes famosos. Hay un tapón generacional, podríamos decir, que obstruye en
la sociedad moderna, con toda su legislación moderna inclusive, la autonomía de
las nuevas generaciones; cuyas consecuencias no se dejan de notar en las nuevas
modalidades del síntoma que se observan en la experiencia clínica: anorexia,
bulimia, adicciones, etc.
Jean-Jacques Rousseau, quien dedicó su novela Emilio a la exploración de esta etapa de la vida, la adolescencia, pintó en sus
páginas el retrato de esa crisis, como la llamaba él, en la cual el sujeto es
desalojado de la infancia, en el tránsito de constituirse en hombre. Y escribió cosas como la siguiente:
«Tal como el bramido del mar precede con mucha anterioridad a la tempestad,
esta tormentosa revolución se anuncia por medio de las pasiones nacientes. Una
sorda fermentación advierte de la proximidad del peligro. Un cambio en el
humor, arrebatos frecuentes, una continua agitación del ánimo, hacen al niño
casi indisciplinable. Se vuelve sordo a la voz que le mantenía dócil: es un león
enfebrecido. No conoce a su guía, y no quiere seguir siendo gobernado»
Rimbaud,
escribió toda su obra poética entre los 15 y los 19 años. Representa aun hoy,
pasados más de cien años de su muerte, el joven rebelde por antonomasia, el
poeta Vidente como él
mismo deseaba reconocerse. Fue la primer figura moderna del adolescente;
causante de los escándalos que horrorizaron a sus contemporáneos, al tiempo que
inauguraba un antes y un después en la literatura universal. El joven
adolescente que denunció en su poética los vaivenes de una sociedad que se
derrumbaba y anunció los horrores que sobrecogerían al Siglo XX.
Por
último y para terminar quisiera citar a otro gran escritor que define la
adolescencia de un modo extraordinario, y que tal vez haya sido uno de los que
utilizaron por primera vez la palabra adolescente en la literatura: me refiero a Víctor Hugo. Dice así:
«Ella tenía esta gracia fugitiva que marca la más deliciosa de las
transiciones, la adolescencia, los dos crepúsculos mezclados, el comienzo de
una mujer en el final de una niña» (en Los trabajadores del Mar).
Muchas gracias.
Claudio
Barbará
Sábado, 7 de julio, 2007
Gualeguay, Entre Ríos.
claudio.barbara@gmail.com
Por gentileza de la revista TOPIA –
Buenos Aires